Es la primera vez que tengo la gracia de participar en la Jornada Mundial de la Juventud. El espíritu vivido en Cádiz, durante los días de Encuentro en las Diócesis, previos al evento, ya era un augurio. Cientos de jóvenes hispanoamericanos, y de otros países, inundaban de colorido y alegría las ya bulliciosas calles de Cádiz. Las parroquias y lugares de encuentro, repletos de jóvenes, hablaban de vida, la gente atónita observaba, comentaba, sonreía… y a veces lloraba. Son los destellos de las carabelas que vuelven desde el Continente de la Esperanza, como denominaba Juan Pablo II a Hispanoamérica. Un encuentro de juventudes es siempre acontecimiento, más cuando se hermanan diferentes pueblos, más cuando es Cristo el que convoca.
Y por fin Madrid, que se transforma en una marea multicolor de jóvenes alegres, respetuosos, que respiran paz y mirada al horizonte. Es el testimonio conjunto de una Iglesia viva que nos llega de todo el mundo. He visto signos de conversión en muchos, he visto jóvenes que buscan, he visto a mucha gente sorprendida por un viento fresco que llega a sus corazones, he visto la cara de odio de los recalcitrantes, he visto a la prensa “ningunear” con su acostumbrada habilidad, he visto inundarse la “vieja” España del sueño de un nuevo mundo, que no puede ser sino amor, relación con lo divino, alegría, compromiso sencillo y grandioso, conversión, comunión universal.
Jóvenes de todo el mundo venían al encuentro del Papa. Preguntaron a una joven: ¿Qué es para ti el Papa?. Contestó: “¡Es nuestro padre!” Oh inocencia del corazón, tan lejana de nuestro tiempo. Y venían al encuentro de un padre que les quiere y por eso les habla con firmeza (“el Señor, a quien ama le reprende” Heb, 12), sin engañarles sobre el esfuerzo que conlleva ser grandes, y les da una misión universal: “Al edificar sobre la roca firme, no solamente vuestra vida será sólida y estable, sino que contribuirá a proyectar la luz de Cristo sobre vuestros coetáneos y sobre toda la humanidad, mostrando una alternativa válida a tantos como se han venido abajo en la vida, porque los fundamentos de su existencia eran inconsistentes”. Hoy, en cambio, se invita a los jóvenes a jaulas de oro, donde se les da todo lo que quieran: sexo, alcohol, drogas, consumo, moda, vanalidad, juegos políticos y hasta ideales indignados a la carta. Todo menos que piensen, que se atrevan a pensar, a preguntas de calado, a manifestarse en común dudas e ilusiones, a soñar juntos, a que vean verdaderos horizontes que comprometen. O más aún, hay que “darles pensando”, hay que construirles sus pensamientos “política e ideológicamente correctos”, pero evitar a toda costa que piensen, que compartan ideales, que se atrevan a enfrentarse consigo mismos.
Y el Papa, valiente, insiste: “Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento”. Rápidamente, determinada prensa nacional que el ciento por cien de las veces que habla de la Iglesia es de forma negativa – “mentir, mentir, mentir, que algo siempre queda” decía Goebbels, el Ministro de Propaganda de Hitler – se apresuró a comentar la cita como una crítica al aborto y la eutanasia. Por supuesto que lo era, pero la crítica era a muchísimo más, a toda la cultura del egoísmo, el odio, la prepotencia, el individualismo… la muerte. La magia comunicacional hace el resto: antiabortista, luego retrógrado, por favor jóvenes, no piensen, ya pensamos nosotros por ustedes. Limítense a indignarse, que ya les decimos nosotros de qué se tienen que indignar. Ustedes sean dioses de sí mismos, que ya nos encargaremos nosotros de hacerlos esclavos. Ustedes deciden sobre la verdad y la justicia, que ya nos encargaremos de manipularles para que decidan lo que les “damos decidiendo”. A fin de cuentas, y de nuevo Goebbels “es fácil engañar a la gente, lo buscan”; no olvidemos que la jaula que se propone a los jóvenes es “de oro”.
Al final en Cuatro Vientos, casi dos millones de jóvenes. Una de las vivencias más impresionantes de mi vida ha sido percibir el silencio orante de casi dos millones de personas en la adoración a la Eucaristía. Y el saberse allí junto a tantos jóvenes, y junto a quienes les acompañaban como verdadera legión de auténticos maestros que dan su vida por sus discípulos. Un verdadero microcosmos del abrazo universal cristiano de todos los tiempos a toda raza, cultura y religión. Un entrañable abrazo a un mundo que concebimos como una gran familia de hermanos, hijos de nuestro Padre Celestial, que llevamos su sangre, que somos su linaje, que somos dioses, como el mismo Cristo nos decía, pero no en lugar de Dios, no existe un dios por separado, porque el fundamento de todo y de Dios mismo es el Amor.


Se acaba también el tiempo del descanso. El mes de septiembre marca el comienzo oficial de la vuelta a los trabajos. Todo debe volver a la normalidad social correspondiente. Esta vuelta para millones de españoles será distinta, ya que podrán aportar nuevas energías, nuevas ideas, crear y ofrecerse, a partir de lo vivido.


Ayer, nos tocó en el Retiro. Camino al Stand de Obras Misionales Pontificias (OMP), pudimos ir observando que el número de gente no dejaba de crecer. Impresionaba ver a tantos jóvenes ir hacia los confesionarios, la feria de las Vocaciones y los stand. Además de encontrarnos colas para poder entrar en las Iglesias y poder tener las catequesis que se estaban ofreciendo en múltiples idiomas en las parroquias. A todo esto, se le suman otras innumerables actividades. Por la tarde, a la hora de recoger y dar por concluida la jornada, nos encontramos que varios metros estaban colapsados y que no se podía avanzar, ni retroceder, en más de un sitio. Así, había que ir afinando y abriendo el círculo para poder llegar a la boca de un metro, en donde sí pudieras hacer uso del mismo. Pero con paciencia y alegría los jóvenes, sin importarles, se movían de un sitio a otro, cantando y teniendo al Señor en los labios ya que les rebosaba en sus corazones.
