No sé si será muy aventurado afirmar que los misioneros tienen algo de periodistas, también muchos laicos, religiosos y sacerdotes, por supuesto. No penséis que es porque asumen funciones de “canales angelicales” de transmisión de noticias, sino más bien por la manera de relacionarse con su entorno. Recuerdo en una entrevista que le hice al inolvidable José María Javierre, su insistencia en que “el buen periodista es el que descubre, en el panorama habitual, en que nadie ve nada, algo admirable y lo cuenta”. Los misioneros tratan de ver la realidad con los ojos de Jesús, haciéndolo presente en medio de los enfermos, los niños, los ancianos… Cuando preguntas a la gente de qué se habla en los medios, suelen contestar que “siempre lo mismo: guerras, sexo, violencia, culebrones…”. Quizá los medios de comunicación necesitan una dosis de “novedad”, de mirar con objetivos que enfoquen un horizonte en el que palabras tales como amor, solidaridad, servicio, cultura, adquieran su genuino primer plano. Creo que esa “novedad” fermenta en manos de todos los que trabajan por los demás. Los misioneros, inmersos en la sociedad de la información, han de comunicar, con palabras y gestos, la riqueza que suponen las diversas situaciones en las que viven aquellos a los que sirven. En este sentido son “periodistas”, ya que no se conforman con quedarse cruzados de brazos ante la realidad, sino que en el continuo devenir diario atisban el más noble titular: el rostro de Cristo. Y a este Cristo estamos consagrados y a Él es al que queremos dar a conocer sin descanso, al estilo paulino, con una flota de navegación ahora ya de envergadura internáutica y global.
No me conformo solo con relacionar misioneros y periodismo. Dentro del periodismo, los misioneros realizarían labores de “reporteros”. El reportero es el que practica una fuerte dosis de espíritu de iniciativa, apego a la realidad y responsabilidad. Es el que se involucra con los hechos y sus causas. Pongamos un ejemplo en el que fácilmente podemos atisbar el compromiso de los misioneros con los más pobres. Por el espacio que tenemos voy a centrarme en el testimonio de Iris Prat, religiosa de los Sagrados Corazones.
La hermana Iris Prat no es ya ninguna jovencita, bien podría estar jubilada. Lo que pasa es que esta anciana despliega unas ganas enormes de servir a los demás dondequiera que pueda echar una mano. El único problema de nuestra misionera es que habla castellano e inglés. En Calcuta, los más pobres hablan idiomas desconocidos para ella, como el hindi o el tamil. Esto no reduce su confianza en que poco a poco podrá irse comunicando con la gente.
Calcuta es una ciudad de vida y muerte, de la alegría y de las tristezas. Es un inmenso caleidoscopio de vivo y brillante colorido. Aquí Dios camina descalzo por la calle. En medio de olores penetrantes, de calles abigarradas, Iris acaba de pasar por delante de una tienda muy humilde y ha habido algo que le ha llamado especialmente la atención: una muñeca con ojos redondos, grandes y bien abiertos. Como puede, se dirige al comerciante para adquirirla:
- Por favor, muñeca para mí.
Hay dos niñas que ven a la religiosa con la enorme muñeca: Pushpa y Vandana. Son dos hermanas de seis y cuatro años respectivamente.
- Mira, Vandana, una gran muñeca.
Y, diciendo esto, Vandana, con sus ojos almendrados, sale corriendo hacia la mujer extranjera.
- ¡Sanguita! ¡Sanguita! – dice la niña al levantar las manos hacia la muñeca.
De esta manera tan espontánea la muñeca recibe un nombre. Iris se la deja a Vandana y a Pushpa. Les llama la atención que su tamaño sea más grande que el de un bebé y que sus ojos se muevan. Y sus pestañas, sus llamativas pestañas. La misionera tiene cuidado con que las niñas no metan los dedos en los atrayentes ojos de la muñeca. Pushpa está muy contenta. No suele jugar porque contrajo hace tiempo la obligación de cuidar de su hermana. Tampoco va a la escuela porque sus padres no tienen dinero para pagarla.
Iris descubre a más niños por el barrio. Cerca del centro de salud, hay unos escalones. Allí va cargada con Sanguita, sus colores, puzles y juegos. La siguen muy de cerca Vandana y Pushpa. Se acerca a ellos y se da cuenta de que también les llama la atención la muñeca y los papeles para dibujar. Las niñas acurrucan a Sanguita, le dan de comer, le hablan, la miman, le cambian los pañales con papeles de periódico.
Iris invita a sus nuevos amigos a pintar. Como no la entienden se pone a dibujar con el dedo en el aire. Los niños enseguida captan el mensaje. La misionera se sorprende. Los chavales pintan paisajes, elefantes, tigres, palmeras, ríos, flores, casas de campo. Y cielos con soles radiantes o lluvias torrenciales, niños y niñas con sus paraguas coloridos. Todos quieren pintar. Con una tapa dura de un cuaderno, algunos se ponen a formar puzles. ¡Cuánta diversión!
Así, poco a poco, se va haciendo amiga de los más pequeños. Los escalones del centro de salud se convierten en un improvisado lugar de juego y de diversión. Gracias a Sanguita y a los dibujos, la misionera se ha hecho un hueco en el corazón de Calcuta. No importa que sean hindúes, musulmanes o cristianos los que se acercan a ella. Son niños que entienden el lenguaje del amor y de la acogida.
Cuando oscurece, Pushpa y Vandana le dan la mano a Iris y la llevan a su casa. Allí está postrado en una cama, Noel, el papá de las niñas. Lleva tres años sin poderse mover. Aún no ha podido jugar con ellas, como lo haría cualquier padre. La misionera se emociona al ver a las niñas dándole múltiples besos a su padre y deshaciéndose con él.
Con la huella que todas estas historias de personas le dejan en su interior, Iris se dirige a su casa. Se lamenta a la hermana Jane:
-¡Qué duro que los niños no tengan infancia! Se pasan el día pelando cocos, partiendo el carbón o cuidando a los hermanitos más chicos.
- Es muy duro –asiente Jane-. Y, fíjate, que es un pueblo extremadamente religioso. La gente muy pobre cree en Dios y entrega su vida a Él. Irradian una gran alegría interior.
Llega la hora de la adoración. Las hermanas estarán un rato delante de Jesús en el Pan de la Eucaristía. Les van a contar lo que han vivido, van a presentarle a los niños, a los enfermos. Se van a dirigir a Él con el lenguaje que nunca falla: el del amor al prójimo y a los más desheredados.



Ayer, nos tocó en el Retiro. Camino al Stand de Obras Misionales Pontificias (OMP), pudimos ir observando que el número de gente no dejaba de crecer. Impresionaba ver a tantos jóvenes ir hacia los confesionarios, la feria de las Vocaciones y los stand. Además de encontrarnos colas para poder entrar en las Iglesias y poder tener las catequesis que se estaban ofreciendo en múltiples idiomas en las parroquias. A todo esto, se le suman otras innumerables actividades. Por la tarde, a la hora de recoger y dar por concluida la jornada, nos encontramos que varios metros estaban colapsados y que no se podía avanzar, ni retroceder, en más de un sitio. Así, había que ir afinando y abriendo el círculo para poder llegar a la boca de un metro, en donde sí pudieras hacer uso del mismo. Pero con paciencia y alegría los jóvenes, sin importarles, se movían de un sitio a otro, cantando y teniendo al Señor en los labios ya que les rebosaba en sus corazones.




