Con bastón y sin alforja

Luis Sánchez Francisco

Cristo envía a los apóstoles de dos en dos. Así por el amor que os tengáis reconocerán que sois mis discípulos. Amando al otro el Señor se manifiesta. Escogidos de la vida ordinaria y enviados en un camino nuevo para ellos, como en el caso del antiguo profeta Amós. “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: ve y profetiza a mi pueblo de Israel”. No solamente los llamados por la gracia de la vocación religiosa o sacerdotal son los que tienen que dar testimonio y evangelizar con el sacrifico de sus vidas. Todos los cristianos estamos llamados, por el bautismo, a dar testimonio de Cristo, a ser sus apóstoles. Y ¿cómo podemos ser apóstoles de Cristo en nuestra familia, en nuestro ambiente, con nuestras amistades, en nuestro descanso, en nuestro entorno…? Él establece las condiciones que debemos tener todos los evangelizadores: “llevar para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja… ¿Qué nos quiere decir Cristo con estas palabras en el evangelio de Marcos de este domingo? Que debemos tener un desprendimiento total de nosotros mismos, de nuestros intereses personales, de nuestros egoísmos, para que sea la gracia, “que recapitula en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”, la única que actúe en nosotros y en nuestro prójimo. Sólo así podremos estar contentos porque el Padre nos bendice en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Sólo así podremos dar testimonio de Cristo. Sólo así confiaremos totalmente en la Palabra de Cristo, y no en supuestas estrategias, sabidurías o revelaciones, pues el Padre ha dicho todo en su Hijo, … porque lo que hablaba antes en parte a los profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, por no poner los ojos totalmente en Cristo, sin querer ninguna otra cosa o novedad (S. Juan de la Cruz, Canc. 2, 22). ¿Y el bastón? Es la misericordia que da, sentido y apoyo a todo esfuerzo y sacrificio, ahí encontramos a María nuestra Madre, a nuestro lado, siempre.

 

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El misterio de hombres que anuncian vida divina

Luis Sánchez Francisco

San Juan Bautista acomete una empresa espiritual de conversión y la lleva adelante hasta la muerte. Forma a sus discípulos en la sensibilidad para apreciar los valores espirituales para que puedan reconocer y seguir al verdadero Mesías que estaban esperando. Aporta así una nota esencial a la propuesta actual de nueva evangelización: habla de Cristo, no de sí. No busquemos que se nos escuche a nosotros, no queramos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, de nuestras voces. Se evangeliza dando espacio a Aquel que es la Vida. Evangelizamos siguiendo a Cristo.

Seguimiento que no significa solo invocar su nombre para poner cruces en los parques o adornarnos con ellas, o pretender imitar sólo al Jesús-hombre. Ese intento fracasaría necesariamente; sería un anacronismo. El seguimiento de Cristo tiene una meta mucho más elevada: llegar a la unión con Dios. Esa palabra tal vez chocó a los oídos del hombre moderno que acabó “matando” a Dios y hoy al postmoderno, que no deja de “resucitarlo” en variadas formas de “idealismos” casi siempre nihilistas con perfumes narcisistas, creando paraísos (cuando no crematísticos) holístico-astrológicos, o neo-paganismos  con toques de fortuna que terminan en el quiromántico  “dios a la carta” que calme esa sed que todos tenemos de infinito, de una libertad infinita, de una felicidad ilimitada. Toda la historia de las revoluciones de los últimos dos siglos sólo se explica así. La droga sólo se explica así. El hombre no se contenta con soluciones que no lleguen a la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la “serpiente” es decir, la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la identificación con Cristo, realizable en la vida sacramental. Seguir a Cristo no es un asunto de moralidad, sino un tema “mistérico”, un conjunto de acción divina y respuesta nuestra. (Cfr. Joseph Ratzinger, 10-12-2000).

Este misterio de la evangelización (hombres que anuncian vida divina) no se puede vivir sin sacramentos y oración. Sin la experiencia personal de Dios en mi vida. Jesús predicaba de día y oraba de noche, pero eso no es todo. Su vida entera fue un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no redimió el mundo con palabras hermosas, sino con su sufrimiento y su muerte. Su pasión es fuente inagotable de vida para el mundo; la pasión da fuerza a su palabra. Dios en su amor no excluye a nadie, su plan es sólo de amor. Por esto cuando la oración alimenta nuestra vida espiritual nos volvemos capaces de conservar aquello que san Pablo llama “el misterio de la fe” en una conciencia pura. La oración como una forma de “acostumbrarse” a estar junto a Dios, crea hombres y mujeres animados no por el egoísmo, del deseo de poseer, de la sed de poder, sino de la gratuidad, del deseo de amar, de la sed por servir, es decir, animados por Dios; y solo así se puede llevar luz a la oscuridad del mundo.

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SEMILLA DE MOSTAZA

Luis Sánchez Francisco

El brotar del reino de Dios y crecer es secreto también para el hombre que observa dentro de sí este milagro de la acción amorosa de Dios en él. El reino de Dios tiene un poder que supera con creces el esfuerzo moral del hombre o de sus estrategias técnicas para mejorar la productividad de la tierra. ¿Cómo de mi pequeñez y límite, veo despertar el amor divino?, ¿cómo puede  germinar dentro tal maravilla? ¿La tierra produce espontáneamente? La palabra de Dios es como lluvia o nieve que no vuelve al cielo sin haber fertilizado. La parábola de la semilla que crece sola es propia y exclusiva del evangelio según Marcos. Un hombre arroja en tierra la semilla y se va. Hace su vida ordinaria, durante el día y la noche, pero “la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo”. Buena lección para los presuntuosos que se atribuyen a sí mismos el fruto de la esperanza.

 Gran misterio, gran novedad, de la que tal vez no nos damos cuenta. Vivimos tan inmersos en nuestra naturaleza (en aquella que creemos sea nuestra naturaleza) tan encarnados que no nos damos cuenta de nada más. Así, hasta los mayores sabios e inteligentes, pueden interpretar la parábola del grano de mostaza como el recuerdo de un fecho natural, el descubrir la sabiduría que encierra la tierra, la sabiduría presente en todos los pueblos. Sin embargo, hay más: la semilla cae del alto. La tierra acoge y produce. La gracia, no es fruto de la evolución. Y desde este momento, desde el momento de esta revelación, toda la sabiduría está en tener viva esta consciencia, de tenerla presente. De no olvidarlo nunca. Incluso cuando se duerme.

Cristo conoce bien el mundo y su naturaleza con tanta ternura, que mima la necesidad de anidar de los pájaros en estos gigantes árboles de la pequeña semilla de mostaza crecidos. Se percibe su delicadeza, su atención, pero se advierte también algo: no se puede reducir todo a la naturaleza, a aquello que tiene de bueno la naturaleza. La semilla cae del alto. Junto a la bondad de la naturaleza tenemos necesidad de reconocer que la única verdadera bondad viene del alto. Las palabras de Cristo sirven para explicar este hecho, a suscitar en nosotros una consciencia, una cierta percepción de esta relación de acogida: dulce huésped del alma es el Espíritu Santo.

 

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La Eucaristía anticipa un mundo diferente

Luis Sánchez Francisco

En el Padrenuestro Cristo pedimos: La santificación del nombre del Padre,  que se haga su voluntad,  que venga su Reino, el perdón… y hemos reducido el  “danos hoy nuestro pan de cada día” a alimento sólo para el cuerpo…  “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber (…) Los paganos se afanan por estas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura” (Mt, 6, 32-34). “Yo Soy el Pan de Vida”, “Yo Soy el Pan bajado del cielo”, “quién come vivirá”. El Vaticano II entre tantas ventajas proclamó la llamada universal a la santidad, disociando de paso el respeto/temor que a veces limitaba la Eucaristía sólo a la adoración.  La súplica a nuestro Padre celeste se transforma: Padre, que pueda recibir a Cristo, que la procesión, sea el esfuerzo diario de acercarme a la Eucaristía. La Eucaristía, no es alimento reservado solo para sacerdotes, religiosos, monjas de clausura o para personas mayores, o que no tienen otra cosa que hacer. Es alimento espiritual que nos permite dejar que Cristo nos acompañe en fatigas, quehaceres y alegrías, en el esfuerzo de ser santo, es decir cristiano.

La Eucaristía anticipa un mundo diferente. No es este el espacio para analizar el tema de la cena pascual, de los autos sacramentales, de las procesiones del Corpus, con todo el arte generado,  de la “transustanciación”, de la presencia real de Cristo… o de las “comuniones espirituales”, que antaño se citaban… Veamos algo más sencillo, de cada dia: La Eucaristía es alimento (del cuerpo de Cristo resucitado), alimento de vida eterna para la vida eterna. Si para nutrirse físicamente comemos dos y hasta tres veces al día, buscando dieta sana y equilibrada, ¿cómo será nuestra vida espiritual con una comunión sacramental semanal, mensual, y en algunos casos anual? “Un poco raquítica”. Enseguida me pueden decir, bueno lo que hay es que resolver la crisis económica actual: que la gente pueda comer todos los días. No digo que no haya que ocuparse y preocuparse, como ciudadano luchando y colaborando junto a solidarios paganos generosos, y exigiendo la justicia debida ¿Pero me ocupo de la crisis espiritual y de valores? ¿Cómo ser “alimento espiritual” para aquellos que por causas mil no conocen o reconocen o no han descubierto aún (siendo bautizados) que la Eucaristía es más que una devoción, una emoción, un cantar o un estar juntos para sentirnos bien?

 Antes de buscar las mil posibles causas o respuestas, una pregunta que no pretende ser ni moral, ni intelectual, ni tradicional, ni ritual, ni ética, ni estética, tal vez, eso sí, un toque de coherencia ¿Quién pudiendo dejar a Dios que realmente le alimente diariamente, dejaría de hacerlo, quien rehúye el beso amado pudiendo darlo y recibirlo diariamente ? Si algo me lo impide: está la confesión. Si hay dudas: está la consulta. Si no encuentro ninguna iglesia compatible con mis horarios (¿seguro?): se pide.

¡Cuántos problemas, dificultades, dudas, cansancios, quejas, se nos resolverían en vez de buscar soluciones a veces un tanto en pócimas mágicas, o extrañas recetas o reduciendo mi actividad religiosa a comentar que si el IBI si o el IBI no como solución a todos los males,  o criticando al “cura” de la esquina como escusa para no ir a la fuente que calma toda sed! O decir yo sólo puedo comulgar –sin dobles significados– en tal o cual iglesia. O quedarse en controversias del tipo la Eucaristía es mejor recibirla en la mano, en la boca, de rodillas, sentado… ¡lo mejor es… recibirla! Tal vez no somos plenamente conscientes los cristianos del hecho que Cristo, Dios en persona, ha querido permanecer con nosotros en la Eucaristía. ¿Y por qué? Para ser partícipe de nuestra vida diaria, hasta llegar a la plenitud de la vida celeste, para la que hemos nacido. Una vez descubierto y aceptado nuestro destino… Cristo se ofrece para acompañarnos. Y así cada uno de nosotros se convierte en eucaristía para el otro. Caridad y Eucaristía se abrazan en Cristo. “Amaos como yo os he amado”, el cristiano no ama solamente con amor humano. Sino que ama como Cristo ama. Cristo en la Eucaristía transforma nuestro amor humano en amor divino. Y así además de unir fuerzas a  paganos solidarios que se afanan por el comer y el vestir de los necesitados, con Cristo nuestra limitada capacidad humana, psicológica, espiritual, moral… se colman de su luz y gloria para el bien de la humanidad: como han hecho durante siglos los cristianos (santos canonizados y anónimos) que dieron su vida por el Reino de Dios y su justicia.

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“Conjugadores”

Luis Sánchez Francisco

El diálogo con las personas divinas no es simplemente de ideas o de palabras,  pues se refiere al espíritu. Es un diálogo de complicidad. Basta una mirada, para entenderse, como hacen los jugadores de un equipo en su concentrada jugada. Nuestras miradas develan amores e intenciones. Si nos distraemos,  pronto guiños, gestos  aún  en oscuridad y conflicto se nos cruzan. Sólo quienes no han mirado el cielo en la noche… niegan el parpadeo de las estrellas. El amor destella y comunica dinámica de vida. La mirada egoísta, no generosa o interesada no lo hace, es mirada fija, que juega sola, que aburre, que transmite frio, a pesar del calor turbio de la pasión.

 

¿Cuál es la realidad práctica de la celebración de la Santísima Trinidad? ¿Cómo puedo percibir  de forma diferente a cada una de las tres personas? Veamos algunas sugerencias en el evangelio de este domingo  (Mt 28, 16-20):

 

Cristo comparte con nosotros su misión, y continuamente nos pone delante oportunidades, destellos, guiños, ocasiones nuevas de acercar al prójimo a nuestro Padre (“Id y haced discípulos…”). El Padre nos asegura “Yo estoy con vosotros” y nos da la confianza necesaria para perseverar, muy por encima de nuestras fuerzas o convicciones. El Espíritu Santo además de fuego y viento, es también agua, dinámica inundación, invasión, más que estática presencia. Descubrimos constantemente sus huellas y su acto en todos los seres humanos, que gozarían profundamente si un apóstol (todo cristiano lo es) les enseñase, con sus gestos en silencio destellante e comunicativo, más que con sus teorías o consejos, los caminos de la generosidad evangélica. Esa sed, ese corazón inquieto, ese deseo de absoluto (¡aunque no se formule!) es el rastro, guiño, llamada, propuesta de comunicación, de diálogo del Espíritu en mí y en el otro. Es también su llamada de ayuda para formar parte del equipo de “conjugadores”.

 

Este domingo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad,  cuando nos dirigimos a Dios no nos comunicamos con un ente abstracto, sino con Alguien absoluto e infinito que tiene nombre propio: Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Que se comunican continuamente para hacernos felices, conjugando el verbo amar que (“conjuegan”) en presente absoluto, eterno y familiar: Nosotros amamos.

 

Que  nuestra relación con el Espíritu Santo haga crecer nuestra filiación espiritual en tal grado que nos haga exclamar con Cristo ¡Abba! (Padre) constituyéndonos en hermanos de Cristo y coherederos con Él de las riquezas insondables del Padre concelebrado por el Hijo y el Espíritu Santo.

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Babel/Pentecostés

Luis Sánchez Francisco

La torre de Babel es un relato bíblico que impresiona por su contenido y su simbolismo. Hoy día es utilizada con frecuencia como metáfora de nuestro mundo: divisiones localistas frente a una globalización; incomunicación, a pesar de los avances tecnológicos; separaciones dolorosas por edades, sexos, cultura…

Pero podemos ir más lejos (¿o más cerca?). La torre de Babel retrata nuestros profundos miedos, envidias, celos y codicias, en resumen, los productos de nuestra división interna. Ya lo dice Jesús: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.» Además, nadie puede ser feliz en ese estado de división; Gandhi nos lo recordaba diciendo que la felicidad consiste en poner de acuerdo tus pensamientos, tus palabras y tus hechos.

La sabiduría humana, nuestra pequeña parcela de saber en la ciencia, en el discurso filosófico, en realizar ciertas gestiones o actividades, puede satisfacernos, pero en sí misma no nos acerca a Dios y por lo tanto resulta del todo insuficiente. Podemos construir torres, pero ninguna alcanza el cielo.

Pentecostés es lo contrario de Babel, es decir, es la respuesta misericordiosa del Espíritu Santo a nuestra desunión: su llegada permite entendernos, seguir juntos, no mirarnos como extranjeros, como diferentes. No hay problema de comunicación que el Espíritu Santo no pueda resolver. Y no hay verdadero camino hasta el prójimo sin ir de la mano de Él. Leemos “el efecto Cornelio”, en los Hechos de los Apóstoles y vemos como el Espíritu Santo se derrama y une a dos personas (Cornelio, cultura romana) (Pedro, cultura judía). Si el diálogo intercultural tiene límite humano, el diálogo interpersonal se abre al infinito, acaricia el cielo. Las culturas pasarán, el amor divino, no.

Pentecostés es respuesta a nuestra ruptura interior y a la necesidad de caminar con verdadero sentido en esta vida, el viento del Espíritu Santo nos hace adelantar “más en una hora la navecilla de nuestra alma a la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestra solas fuerzas” (S. Teresa de Jesús).

Viento y fuego que purifica esa continua falta de armonía que se manifiestas entre nuestra facultad intelectiva y volitiva. El amor que más allá de la razón, la pasión y el sentimiento nos constituye en personas libres. El Espíritu Santo nos impulsa a encontrarnos con el otro, “enciende en nosotros el fuego del amor, nos convierte en misioneros del amor de Dios” (Benedicto XVI).

Sin el Espíritu Santo no se puede comprender a Jesús, ni conocer la voluntad del Padre. ¡Que María madre de la vida mística, esposa del Espíritu Santo, interceda por todos nosotros!

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Reflexiones de Pascua

Luis Sánchez Francisco

En este Quinto Domingo de Pascua, Pablo, recién convertido, da testimonio con obras de la verdad predicando públicamente el Evangelio con recelo de los cristianos y con disgusto de los judíos. El vivir cristiano es comprometido: no debe quedarse en una tradición de nuestros antepasados, ni en buenas palabras: “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1Jn 3:18). El Evangelio es mucho más de lo que pueda decirnos la mentalidad o la cultura de una época. Por eso, Cristo nos habla de una comunión intimísima entre él y los que le sigan: “Permaneced en Mí, como yo en vosotros … Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15:4-5). Según el Catecismo (n. 2014), «esta unión se llama “mística”, porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos –“los santos misterios” – y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad». Esta unión mística con Cristo, a la cual estamos todos llamados, no tiene por qué tener gracias especiales o signos extraordinarios, ni se debe confundir mística con efectos paranormales o fenomenológicos.  ¿Hay mayor gracia que sentirse y saberse amado y en dialogo con Dios? Sin embargo, esta “unión íntima y vital con Dios” (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Por eso a todo sarmiento mío, dice Cristo, a todo cristiano que no da fruto mi Padre (el labrador, que siempre actúa a nuestro favor) nos poda, corrige y exhorta con amor… para que demos más fruto.

 

Las actitudes de cristianos sin apenas frutos pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13:22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión. La unión con Cristo, sin embargo, produce mucho fruto (Jn 15:5) porque el mismo Cristo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar sin que nada nos pueda faltar: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará” (Jn 15:8). Permanecer en diálogo con Cristo fielmente, día a día, año tras año no defrauda. El alma orante perseverante (purgante en definitiva) siempre estará en una de estas dos situaciones: si pide una determinada gracia y Cristo se la concede prontamente, entonces percibe ese don que le es dado por el proprio Cristo; pero si no le es concedida tal gracia, entonces percibe algo mucho más grandioso que esa gracia: al mismo Dios en cuanto que no se la concede.

 

No percibe la gracia, pues no le es concedida, pero percibe a Dios que es algo mucho más grandioso; y éste hecho llega a experimentarse como el mayor don de la Providencia. Porque quien persevera en estado de oración va experimentando una evolución en su pensamiento, sentimiento, afecto… Se siente entonces la impresión de Cristo: No te he dado lo que me pedías porque quería darme a mí mismo a ti.

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